Todo lo antes vivido en la marcha del devenir humano palidecerá drásticamente por comparación.
La llamada Singularidad representa el momento en el cual la inteligencia artificial se hará indistinguible de la inteligencia humana. Ello, desde luego, no puede visualizarse como una fusión de inteligencias. Tampoco puede concebirse como la posibilidad de que la artificial complemente a la humana (aún cuando por un tiempo sin duda lo hará). De lo que se trata es de una explosión de inteligencia no humana susceptible de incrementarse de manera drástica, exponencial e irreversible. Siglos de progreso podrán materializarse en años o incluso en meses. Pero, a la vez, siglos de regresión en cuanto a la relevancia del género humano podrán materializarse en años e incluso en meses.
Mientras encerrada en su cárcel biológica la inteligencia humana permanecerá estática en el punto donde fue alcanzada, la artificial seguirá duplicando su capacidad en lapsos periódicos y cortos.
Ello recuerda al ejemplo emblemático
del grano de trigo y el tablero de ajedrez. Según el mismo, si se coloca un grano en el primer casillero, dos en el segundo, cuatro en el tercero, y se va duplicando la cantidad de granos hasta llegar al casillero número 64, nos encontraremos con que la cantidad virtual de granos sobre el tablero deberá haber superado los 18 billones (millón de millones).
Harían falta las cosechas mundiales de más de veintiún mil seiscientos años para alcanzar tal cantidad de granos (Ver Eric Weisstein,
“Wheat and chessboard problem”,
http://mathworld.wolfram.com/WheatandChessboardProblem.html).
Lo mismo ocurrirá con el avance exponencial de la inteligencia artificial.
Según nos señala Yuval Noah Harari en su obra
Homo Deus (New York: Harper Collins, 2016), los dos grandes atributos que separan al homo sapiens de las demás especies animales son la inteligencia y el flujo de la conciencia. Mientras la primera nos ha permitido erigirnos en dueños del planeta, la segunda otorga significado a nuestras vidas. En función de esta última, la existencia humana resulta un entretejido complejo de memorias, experiencias, sensaciones, sensibilidades y aspiraciones. En otras palabras, la expresión vital de una mente sofisticada.
Sin embargo, de acuerdo a
Harari, la inteligencia humana resultará absolutamente insignificante frente a los niveles que llegará alcanzar la artificial, al tiempo que el flujo de la conciencia será expresión de una irrelevancia mayúscula frente a la fuerza expansiva de algoritmos que penetren los confines del conocimiento. No en balde, a decir de
Harari, para las máquinas que contengan a la inteligencia artificial,
los seres humanos resultarán el equivalente a lo que las gallinas son hoy para los seres humanos.
Lo cierto es que periódicamente la humanidad atraviesa por períodos de inmensa significación histórica que todo lo sacuden. Durante estos, valores, creencias y certidumbres son erosionados hasta sus cimientos y sustituidos por otros.
En los últimos seiscientos años, Occidente ha vivido tres de ellos:
El Renacimiento que tuvo lugar en los siglos XV y XVI,
la Ilustración del siglo XVII y
el Modernismo que comenzó a finales del siglo XIX y alcanzó su máxima expresión en el siglo XX.
El Renacimiento se entiende como un movimiento de amplio espectro que conllevó a una nueva concepción del ser humano, transformándolo en la medida de todas las cosas. Fue, a la vez, expresión de un salto mayor en materia científica en donde más allá de grandes avances en diversas áreas, la Tierra dejó de ser vista como centro del universo.
La Ilustración hizo de la razón la fuente de la legitimidad del poder político, determinando la difusión de ideales tales como la libertad, el progreso, la tolerancia o la fraternidad. Fue, a la vez, el período en el que la noción de la armonía buscó proyectarse en todos los órdenes (incluyendo el entendimiento acerca del universo), mientras el método científico pasó a ser sustentado en la comprobación y la evidencia. El mismo representó un nuevo jalón en la visión auto gratificante del ser humano.
El Modernismo, entendido como movimiento de movimientos, conllevó a un rexamen en casi todos los ámbitos de la existencia, derribando marcos de referencia por doquier. El arte abstracto en sus diversas variables, la narrativa introspectiva que daba libre curso al flujo de la conciencia, el psicoanálisis o el teatro del absurdo, fueron algunas de sus múltiples expresiones. Siguiendo su propia dinámica, pero sirviendo de inspiración a artistas y literatos, la ciencia derribó los pilares de certidumbre del universo construido por Newton en tiempos de la Ilustración. Las nociones absolutas del espacio y del tiempo perdieron todo sentido bajo la Teoría de la Relatividad, mientras que yendo aún más lejos la física cuántica hizo el universo un lugar dominado por el azar. A no dudarlo, a diferencia de los dos períodos anteriores, este propició un hondo sentido de menoscabo en la visión que de si mismo tenía el ser humano.
Renacimiento, Ilustración y Modernismo, desataron y simbolizaron nuevas maneras de percibir al ser humano y del entorno que lo rodeaba. Cada uno de estos movimientos colocó a la humanidad ante nuevos niveles de conciencia (incluyendo la subconsciencia en tiempos del modernismo). En cada uno de ellos el ser humano pudo sentirse mayormente o menormente valorado, más seguro o más inseguro con respecto a su condición o a su posición en relación al universo circundante. Sin embargo, nunca se alteró un elemento fundamental: Era siempre el ser humano quien se estudiaba a sí mismo y a su entorno. Aún cuestionándose, el ser humano reafirmaba su centralidad en el planeta.
La Singularidad, sin embargo, está llamada a destruir esa centralidad de manera radical, dramática e irreversible. Como resultado, el ser humano no sólo confrontará su obsolescencia y su irrelevancia, sino que se adentrará en la ruta que lo iguale a las gallinas. Todo lo antes vivido en la marcha del devenir humano palidecerá drásticamente por comparación.
¿Cómo no sobrecogerse, entonces, ante un reportaje publicado en The New York Times por David Streifeld en 11 de junio pasado bajo el título “Silicon Valley Confronts the Idea That the ‘Singularity’ is Here” (Silicon Valley Confronta la Idea de que la ‘Singularidad’ Llegó)? Cuando los propios gurús del Valle del Silicón se ven sometidos a la duda, como plantea el reportaje, de si el momento más decisivo de la historia del género humano está ya materializándose ante nuestros ojos, hay razón para temblar. En 1999
Ray Kurzweil, uno de los padres y mayores apologistas de la inteligencia artificial, publicó un libro llamado
The Singularity is Near (La Singularidad se Acerca) y en 2005 otro titulado
The Singularity is Nearer (La Singularidad Está Aún Más Cerca). Para él, dicho momento estaba llamado a producirse para finales de esta década. Quince años después de ese punto en el que las diferencias entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana se hiciesen imperceptibles, vendría a su juicio el momento de absoluta trascendencia. Es decir, el empujón mayúsculo de la inteligencia artificial frente a la humana.
Para él esta trascendencia debía ser vista favorablemente, pues permitirá resolver grandes problemas como, por ejemplo, la cura del cáncer. Para la mayoría de sus colegas, a juzgar por las cartas abiertas que han firmado en repetidas ocasiones, ello plantearía un inmenso peligro para el género humano.
Así las cosas todo parece indicar que, años más o años menos, nos estaríamos adentrado en la cuenta regresiva hacia los predios del gallinero. O peor aún, hacia la posibilidad de destrucción del género humano mismo. Así lo creía
Stephen Hawking, uno de los mayores científicos de nuestro tiempo, quien veía en el advenimiento de la era de la inteligencia artificial un peligro superlativo para la humanidad. Así lo temen también los cientos de científicos de primer nivel y de presidentes de empresas de alta tecnología que, a finales de mayo pasado, firmaron una carta abierta advirtiendo acerca del riesgo a la subsistencia humana implícito en una inteligencia artificial fuera de su control.